El artista Diego Kohli me mira a los ojos al responder, y otras veces aparta la mirada, se ríe, y parece intentar escurrirse a través de mis preguntas: un poco como sus cuadros, que dan sin desvelarse totalmente, en escenas que parecen sacadas de uno de esos sueños en los que intentas abrir una puerta, y después otra, y sigues un fino hilo que te conduce a través del espacio en dirección a una salida que intuyes, pero no ves. Y en esa angustiosa búsqueda de repente aparece ante tus ojos un par de manos, o pie flotante, o una salchicha, o cualquier otra cosa totalmente inesperada, que, al contemplar, sin querer acabas riéndote de todo; te partes de risa sin saber muy bien por qué, ni sin tener tampoco claro si aún estás atrapado, o si has conseguido liberarte, o qué está pasando exactamente.
Todo eso, al son de jazz experimental. Y así la entrevista:

Creo que fue en 2015 cuando hiciste un viaje por Latinoamérica y decidiste dedicarte al arte. Me viene a la cabeza una pregunta que le hicieron a Francis Bacon en su última entrevista: ¿Naciste artista? O, ¿Cómo fue ese proceso de encontrarte a ti mismo en el arte?
Es buena pregunta. Yo creo que siempre he tenido una intuición hacia el arte. Crecí rodeado de arte, aunque no tenía padres artistas ni nada así. Pero siempre había cuadros en casa, siempre había algo.
Me acuerdo de que el dibujo, en realidad, lo odiaba en la escuela. En Suiza, donde estudié, era siempre muy académico. Cuando eres niño tienes que dibujar algo realista, y yo en eso era fatal. Se me daba fatal dibujar algo realista. Yo creo que de ahí viene también un trauma, de decir: “joder, no puedo, nunca voy a ser artista porque no sé pintar una mano, no sé pintar un brazo, un pie”.
Después, a los 18, o 19 años, hice un viaje a Marruecos con un amigo que era artista. Allí, él siempre estaba dibujando en si sketchbook. Entonces pensé: “voy a intentar dibujar”, pero sin darle vueltas, sin planear qué tenía que hacer exactamente. Ahí empezó ese momento de reconexión: dibujar sin la idea de querer hacerlo bien, sin buscar algo realista, simplemente lo que me apetecía, sin leyes, sin normas.
A partir de ahí, desde aquel viaje, seguí dibujando. Entré muy tarde a estudiar en una escuela de Bellas Artes. Empecé a los 24 o 25 años, porque antes trabajé para ganar dinero. Luego apliqué, me cogieron, y a partir de ahí ya no paré. Ahora tengo 34 años, llevo unos diez años trabajando. Y sí, fue un poco así como empecé, creo.
O sea, que, ¿dirías que encontraste en el arte una manera de escapar de un ambiente muy estructurado?
En parte sí, pero también debo decir que crecí en un entorno bastante creativo. Yo crecí en una época y en un ambiente donde el grafiti era algo muy común dentro de nuestro círculo de amigos, por ejemplo. Yo no lo hacía, pero siempre me fascinó. Hacía fotos de la gente, estaba ahí; me encantaba todo ese momento de adrenalina, del grupo, de crear algo juntos.
Y creo que ahí empezó también un punto de decir: “guau, hay diferentes formas de hacer arte”. Creo que de ahí viene mucho. Para mí, los amigos han sido una inspiración muy importante. Al final, creo que es eso: mis amigos me inspiraron a hacer arte.

Dices en tu personal statement que tu trabajo es “the highest form”. Me da la sensación de que hablas de algo casi místico en la pintura, como si te elevara o te llevara más allá.
Yo creo que the highest form se puede interpretar de diferentes maneras. Highest form también puede ser llegar a un delirium, un momento en el que tú mismo te olvidas de todo. Y eso, para mí, es pintar. Es esa conexión real cuando te pierdes en tu propio trabajo. Pasa lo mismo con los músicos: cuando ves un concierto y los miras, piensas que están fuera de su mente. Y cuando llegas a tener acceso a ese punto, cuando llegas a ese estado en una práctica —ya sea dibujo, pintura o música—, es el punto más bonito, porque es muy difícil conseguirlo. Es como un trance.
The practice, al mismo tiempo, para mí también significa lo práctico, el material. Para mí el material es algo muy importante, porque creo que la sensibilidad lo es todo: la textura de la tela, cómo pintas, las técnicas, cómo aplicas el material, cómo puedes innovar constantemente. No pensar “así está bien”, sino pensar siempre un paso más lejos, cómo hacerlo diferente.
Pensando en eso, también se me ocurren los trabajos en blanco y negro que hice, la Home Story Series. Son cuadros en blanco y negro, pero también tienen color. Ahí estaba trabajando con la idea del carboncillo sobre papel y preguntándome cómo podía conseguir ese mismo efecto con óleo sobre tela. Eso fue una exploración de años, porque el carboncillo tiene una textura muy bonita, pero el problema es que no se queda en la tela. Puedes fijarlo, pero siempre hay un problema. Al final encontré una solución, pero no la voy a contar. Eso no lo voy a contar. [Risas]. Lo único que voy a decir es esto: usar óleos de buena calidad.

También has escrito que no te consideras un artista, sino un pintor, algo que me llamó mucho la atención. ¿Podrías explicar mejor esta diferencia?
Es una muy buena pregunta. Yo creo que no soy capaz de hacer otra cosa que no sea pintar. Sí, un pintor es un artista, pero es más específico. Hoy en día tengo un problema con eso, porque veo gente que dice: yo soy fotógrafo, yo soy diseñador, tal. Y al final piensas: ¿saben lo que significa realmente esa palabra? Eso requiere mucho tiempo, mucho esfuerzo y mucho trabajo personal. Yo soy pintor. A mí me costó años decirlo. De verdad. Decir: sí, soy pintor. Porque significa equivocarse constantemente, y trabajar, trabajar, trabajar. Es una palabra muy fuerte para mí.
Creo que la diferencia es que yo no sería capaz de hacer una performance, por ejemplo. No es mi personalidad. Yo soy pintor. No puedo decir otra cosa. Me puedo considerar artista de alguna forma, sí, pero si me preguntan qué soy, siempre digo lo mismo: soy pintor.
¿Crees que tiene algo que ver con la parte más artesanal o tangible de la pintura?
Cien por cien. Yo creo que lo técnico es algo que hoy en día la gente está olvidando. Y la técnica es muy importante históricamente. Tú puedes expresarte, expresar emociones, ideas, pero siempre vas a llegar a un momento en el que te vas a encontrar con un límite. La técnica es como cocinar: puedes tener ideas, pero si te falta técnica, no llegas tan lejos. Y no digo que, si no sabes técnica, no pintes, no es eso. Creo que la técnica es un proceso, y que lo más importante en la práctica de pintar es no tener miedo y salir constantemente de la zona de confort. Explorar es lo más bonito de la pintura.
Un cuadro nunca está realmente terminado. Siempre hay algo más. El momento de decir “está terminado” es muy difícil. Hay pocos cuadros de los que puedo decir realmente: está terminado. Para mí, cada cuadro te lleva a otro cuadro.
Los cuadros pequeños son donde exploro. Todo lo que investigo en pequeño lo llevo luego al formato grande. En los cuadros pequeños soy mucho más libre, porque no pienso tanto como en uno grande. Es como un playground, un sitio para jugar. Es un boceto, pero al mismo tiempo no lo es. El boceto es lo más bonito, porque es la primera idea, hecha sin pensar demasiado. Es algo intrínseco, que sale de dentro.

En esa línea, has comentado que tú mismo creas los lienzos y las pinturas que usas. ¿Es importante para ti esa dimensión material?
Sí, sí, sí. Todo eso me gusta mucho. Me gusta lo tangible, lo táctil, sentir y entender el material, la textura, cómo funciona. Al final puede parecer algo estúpido, pero es como cuando vas al supermercado y hay diez tipos distintos de arroz. ¿Por qué hay diez? Porque cada uno tiene su cosa. Con las telas pasa lo mismo: cada tela tiene su carácter, y tú vas explorando según lo que quieres hacer.
Entender cómo funciona el material es algo muy importante como artista. Hablo por mí, claro, pero en mi trabajo es fundamental. Yo no podría hacer esta técnica en una tela prefabricada, es imposible, por muchas razones. Una de ellas es que odio el blanco. No puedo pintar sobre una tela blanca. Me gusta que la tela sea cruda, y eso influye mucho en el dibujo. Pasa también con el papel. Por ejemplo, un blanco más quemado, más cálido, me interesa mucho más. Trabajo con diferentes tonalidades. Son pequeñas cosas, pero cambian todo. Eso me interesa muchísimo.
También me encanta reciclar cosas. Uso azulejos que encuentro para hacer mi paleta, los coloco en el suelo y así sé perfectamente qué colores tengo. También mezclo mis propias esencias para pintar. No pinto solo con una, como hacen muchos, sino que hago una mezcla clásica: damar, trementina, aceite de linaza. Eso me permite jugar mucho más con la pintura, hacerla más aceitosa, conseguir texturas que con la trementina sola no podría. Apropiarme del material. Y también se nota mucho en la calidad del color. Si compras un óleo barato, tiene mucho aceite y poco pigmento. En cambio, un color de buena calidad tiene mucho pigmento y poco aceite, y el color es mucho más intenso. Un buen naranja, por ejemplo, se nota muchísimo. El color, en general, es muy importante para mí.

En tu personal statement también dices que te gusta capturar tus daily surroundings, tu entorno. Me intriga la parte de ti mismo que proyectas en esa observación de lo cotidiano.
Veo que empiezas a entrar en lo personal… [Risas]
Voy a ser honesto contigo. Creo que es algo bonito también hablar de cómo uno se siente. Muchas veces, en la pintura, estamos muy encerrados en nosotros mismos, porque tenemos el cuadro, y a nosotros, y nada más. Hay algo muy personal en mi trabajo, pero me cuesta explicarlo. A muchos artistas, es la pregunta que siempre nos hacen: “¿puedes explicar tus cuadros?” Y muchas veces pienso: no tengo ganas de explicarlos. ¿Sabes por qué? Porque lo bonito es dejar que la otra persona imagine algo.
Es como leer un libro: tú y yo nunca tendremos la misma historia en la cabeza, porque tu imaginación y la mía son completamente diferentes, tenemos pasados distintos. En la pintura pasa lo mismo. Deja que la pintura te comunique algo a ti.
Claro que hay cosas que me han pasado en la vida, cosas duras, que están en mi trabajo. La gente que me conoce lo sabe, pero no necesito explicarlo todo. Los espacios que pinto son espacios cerrados, formas que están atrapadas, que no pueden salir. Siempre hay una sensación de encierro, de miedo. Eso está ahí. ¿Qué más se puede decir?
En ese sentido, ¿Crees que el arte tiene también algo de terapéutico, de sacar cosas de dentro?
Sí, hay un punto terapéutico, está claro.
Para mí, lo terapéutico es el silencio que me da la pintura. Porque, hoy en día, el ser humano pocas veces es capaz de vivir el silencio. Le da mucha angustia. Y a mí es algo que me fascina, porque el silencio te lleva a otros lugares, te deja pensar en otras esferas… Aunque es algo incómodo también, porque te confronta contigo mismo. Te devuelve cosas que dices, “¿cómo pasó esto?”
A través de la pintura creo un mundo que es pura imaginación, pero en ese mundo también hay tristeza, cosas duras. Y al mismo tiempo humor. Es algo jodido, porque el humor es muy difícil en la pintura. Muchas veces puede parecer patético y queda fatal. El humor tiene también algo muy intelectual, porque no es algo sencillo. La pintura de humor es algo muy, muy difícil.
Pero, sí, si estamos hablando de terapia, para mí hay dos cosas en la pintura: el sueño y el humor.
Justamente tenía apuntada una pregunta sobre el humor en tu trabajo. ¿Lo ves como una manera de suavizar temas más trágicos?
No exactamente. Creo que, como persona, soy alguien a quien le gusta reír. Pienso que, si a través de la pintura puedo generar felicidad, aunque sea solo un segundo, un milisegundo - que alguien pueda sentirse feliz al ver mi obra, reírse o pensar en algo bonito - para mí eso ya es mucho.
No quiero decir que esté haciendo pintura decorativa, ni nada de eso. No, no, no. Por ejemplo, los títulos son algo muy importante para mí. Hay títulos como Too boring to be single o Wake Me Up When It’s Over. En uno de los cuadros aparece una salchicha en una habitación. Y dices: ¿quién va a pintar una salchicha en un cuarto? Pero al final eso cuenta mucho, porque hay algo de placer ahí. Ves la imagen y lees Wake Me Up When It’s Over. ¿Cuántas veces pensamos eso cuando estamos realmente en la mierda profunda y dices: “no quiero estar aquí, despiértame cuando todo esto haya pasado?” Para mí ese título te lleva a un sitio muy personal que todos hemos vivido.

El sueño es otro tema importante en tu obra. ¿Te inspiras en los tuyos propios al crear?
Creo que hay dos ideas distintas de sueño. Está el daydreaming, soñar durante el día, y luego está el sueño nocturno, el que tienes por la noche. Yo, como niño, siempre estaba daydreaming. En la escuela estaba sentado mirando por la ventana, imaginándome cosas, todo el rato.
Hoy en día mucha gente me dice: “¿Pero tú estás aquí con nosotros ahora mismo o estás fuera?”. Y muchas veces estoy fuera. No estoy en el propio mundo. Me lo dicen mucho. “tú eres…” No. No es eso. Es que estoy fuera. Estoy desconectado. Luego me vuelvo a conectar, como el wifi {Risas}.
Estoy en la realidad, pero al mismo tiempo no. No sé. Hay gente que se levanta por la mañana y escribe sus sueños; yo eso no lo hago. Pero muchas veces estoy caminando, veo algo y empiezo a imaginar. Pero no sé si llamarlo soñar. Soñar es algo que hago todo el día, todo el tiempo. Soy una persona que sueña.
O sea que para ti… ¿La pintura es una manera de indagar en la realidad, o de soñar una nueva?
Totalmente otra realidad. Totalmente. Para mí lo más bonito de la pintura es imaginar otra realidad y construir tu propio mundo. Y que la gente, cuando vea mi trabajo, pueda decir, “estoy entrando en el mundo de otra persona”. Un mundo que, además, es muy emocional, como hablábamos antes. Por eso muchas veces me cuesta enseñar el trabajo, porque es algo muy emocional. Es parte de mí. Soy yo lo que ves ahí.
No estoy pintando para que sea bonito. Ese no es mi interés cuando pinto. La idea es contar algo, algo personal. Creo que cada trabajo tiene un mensaje.

Antes comentabas a veces vas por la calle y algo te llama la atención, y eso te lleva a imaginar. ¿Hay algún tipo de imagen que te atraiga recurrentemente?
Manos. Manos. Manos. Manos. Y pies. En todos lados hay pies y manos.
Te digo por qué: es algo muy personal. Creo que tengo un trauma con las manos y los pies. Históricamente es lo más difícil de dibujar. Es lo más difícil. Nunca lo supe hacer y aún no lo sé. [Risas]
Por eso creo que sigo haciendo manos y pies: porque aún no sé cómo hacerlo. Y por eso hago estas formas de cuerpo que se componen de manera extraña. A veces hay una cabeza, pero no hay pies, o, al revés, hay pies, pero no cabeza, o una mano que sale de un pie. Son cuerpos que me estoy imaginando, cuerpos que no son reales, que existen solo en la mente.
No diría surrealista, no exactamente, pero sí viene de ahí. La mano y el pie vienen claramente de eso: no soy capaz de dibujar una mano realista ni un pie proporcional. Imposible. Y eso es lo bonito. Ese trabajo no me interesa.

Y, en concreto: ¿Qué crees que simbolizan los pies en tu pintura?
Es una pregunta recurrente. Me suelen preguntar mucho por las manos o los pies. Pero la verdad es que no es algo que me haya preguntado conscientemente.
Yo creo que son dos formas de moverse. El pie te deja mover, la mano también. Pero no es algo que tenga una explicación pensada desde el principio. No es que diga: voy a pintar manos por esto o pies por aquello. A veces pasa que algunos artistas repiten un motivo todo el tiempo, y dices: ¿por qué lo hace? Pues no lo sabes. Lo haces por un interés, por una necesidad. Tienes ganas de hacerlo. Muchas veces solo después, cuando ya lo has hecho, te das cuenta de por qué lo hiciste. Pero mientras estás pintando, lo que te interesa es ver el pie o la mano de otra forma. Imaginar el cuerpo humano de otra manera. En algunos cuadros, por ejemplo, son casi como bodegones. Me interesa la idea del still life.
Pero bueno, ahora me están viniendo ideas, fíjate. Las manos significan… Significan fuerza. Al mismo tiempo fuerza y no tener fuerza. Si las ves, muchas veces quieren atrapar algo, pero al mismo tiempo quieren soltarlo. Es como tener algo y no saber si lo quieres o no. Lo tienes en la mano, pero casi lo sueltas. O no eres capaz de liberarte de ello.
En los pies pasa algo parecido. No sabes si están atados o no, si hay un hilo fuerte o débil, si están volando o no. Todo gira en torno a la fuerza y al equilibrio, que es algo que me interesa mucho. Por ejemplo, en Will I See You Again es lo mismo: los pies, el hilo, no sabes si sostienen o si dejan caer. Todo eso me interesa. Es fuerza, pero no en el sentido físico, sino fuerza como power.
¿Algo en la línea del deseo?
El deseo, totalmente. Sí. El deseo está muy presente. Pero al mismo tiempo las imágenes se esconden. Por ejemplo, en este cuadro de aquí arriba, ves los pies saliendo por detrás. Al fondo está el mar, algo lírico, algo que te hace pensar: “echo de menos el mar”. Pero el cuerpo no está. Solo ves los pies. ¿Qué significa eso?
Eso es lo que me encanta de la pintura: ese momento en el que te preguntas qué hay detrás, cómo es esa cabeza que no ves, qué está pasando fuera del encuadre. Te deja imaginar.
Eso pasa en muchos trabajos. Como en este otro, que aún no tiene título: un pie dentro de una sala. Al final es más grande que la sala, más grande que el cuarto. Y eso abre otra historia.

También hay algo un poco claustrofóbico en esos espacios que describes, ¿no? ¿Te interesa transmitir esa sensación de estar atrapado?
Sí, yo creo que sí. Creo que todos estamos atrapados en algún momento de nuestras vidas. La idea es liberarte de ese estado, de estar atrapado, buscar un camino. Por eso siempre hay caminos en mis pinturas. Siempre hay una ventana, una salida, o alguien que está fuera. Siempre existe esa imaginación de salida.
Al final están atrapados, pero, al mismo tiempo, no lo están. Porque siempre hay un hilo. Si te fijas, por ejemplo, en ese bodegón pequeño, ves el hilo que sale hacia la mano derecha, abajo. Ahí vuelve a aparecer la imaginación. ¿Te tiene o no te tiene? Otra vez la fuerza.
Hay preguntas que ya has ido contestando, pero hay algunos temas sobre los que te voy a seguir dando la brasa…
Tenemos ahí una batalla de inteligencia, ¿no?
Te escondes un poco… [Risas]. Pero esto, precisamente, es algo que siento que también lo haces un poco en la pintura. Tus cuadros me parecen una especie de trampantojo, como un teatro. ¿Hay algo de eso?
Cien por cien.
¿Qué significa eso? ¿Qué sería entonces lo que escondes?
Para eso no nos conocemos tanto, creo. [Risas]
No, pero yo creo que algo que abordo es… Sí, el más allá. Sí. Si lo ves, hay pinturas donde está bastante claro. No voy a hablar más de eso. No me parece necesario. Es la propia pintura la que lo hace. Yo hago esto, y si lo entienden, bien; y si no, también.

Tu estilo tiene algo muy esencial, poco realista, que me hace pensar casi en pinturas rupestres o en algunas corrientes vanguardistas de principios del XX que rechazaron modelos artísticos más academicistas. ¿Te identificas con esto?
Totalmente. Totalmente. Yo intenté hacer lo otro. Pero dije: no soy yo. No es mi voz. Al final, lo más difícil para un pintor es encontrar su propia voz.
Pintar bien, técnicamente, se puede aprender con esfuerzo y tiempo. Pero encontrar tu voz es creer en tu camino y no dejarte influenciar constantemente. Decir: “esto es lo mío y voy por aquí”. Eso es lo más difícil. Claro que todos tenemos influencias. Yo no voy a negar nunca las mías. La pintura se construye sobre la historia. Todo lo que aprendemos es historia. En mi trabajo hay muchas influencias: Munch, por ejemplo; Goya, sobre todo en los dibujos, pero también en los paisajes, en el color. Hay pintoras contemporáneas como Ginny Casey o Martyn Cross, que me encantan. Francis Bacon, me hablaste antes de él como influencia, pero a mí me interesa más alguien como Philip Guston o Walter Swennen.
También pienso en pintores franceses, en paisajes soñados por ejemplo Odilon Redon. Muchas veces me inspiro más en la pintura del pasado que en la contemporánea. Vas al Museo del Prado y ves que ya había humor ahí. El Bosco, por ejemplo… Ese tío estaba fatal de la cabeza. Ves su trabajo y dices: Joder, ¿pero en qué mundo vivía esta persona para crear esto? Eso es imaginación pura. Eso para mí son artistas de verdad.
¿Sabes cuántas veces me han dicho que mi trabajo es criptico o difícil de comprender? Muchas. ¿Y qué? Siempre habrá alguien que lo diga. Es como el café: te gusta o no te gusta. Eso es el arte. A mí no me interesa gustar. Cero. El arte no tiene por qué gustar. El arte tiene que provocar. Si algo me gusta demasiado, me aburre. Pero si me provoca algo que no puedo explicar, ahí pasa algo. Eso es lo bonito de la pintura.
Parece que para ti la pintura tiene algo casi de lucha. ¿Pintas más desde el dolor o desde el placer?
Son dos extremos, el dolor y el placer. Yo creo que van juntos, en pareja. El dolor es algo que tenemos todos. Tú y yo tenemos dolor. Si una persona dice que no tiene dolor, miente. Al final todos lo tenemos. Algunos lo enseñan más, otros menos.
Pero yo creo que es muy importante, como ser humano, enseñar la vulnerabilidad que tiene una persona. Eso es muy importante. Aunque cuesta, claro. Pero busco la mezcla. Y la mezcla de la vida contiene estas dos palabras que has dicho. Son dos cosas que están muy presentes en mi trabajo. Muy presentes.

Por otro lado, siento que las obras oscilan entre un lenguaje figurativo y algo más abstracto, aunque no una abstracción pura. Hay algo de no darse fácilmente, de no dejarse entender. ¿No?
Sí, claro que hay algo de eso. Y ahí está lo bonito del coleccionismo. La gente que colecciona es gente que quiere entenderte. Eso es lo bonito de trabajar con coleccionistas: personas que se enamoran de tu trabajo, que tienen un interés real por tu mundo. Eso me parece muy bonito.
O los comisarios, por ejemplo, que te dicen: “y tú, ¿qué nos quieres decir?” Ahí se está provocando algo, y eso es lo mejor que puede pasar.
Me interesa mucho que pareces considerarte un pintor bastante “tradicional” frente a un mundo del arte muy diverso. ¿Cómo te sientes frente a esta posición?
Amo. Amo. Amo. Amo. De verdad. Me da igual. Me costó mucho decirlo, pero me da igual. Yo estoy contento donde estoy.
Para mí, lo más grande que me puede pasar en mi vida como pintor es exponer en museos. Porque al final es el lugar donde la gente se educa con el arte. La gente va al museo por placer, pero también para educarse. Y, como pintor, poder mostrar tu trabajo en un sitio así, para mí es lo más grande que hay. Eso de estar fuera del mundo, fuera de la moda… Para mí es lo más bonito. Porque estar fuera de la moda es, en realidad, estar en la moda. ¿Por qué quieres ir con cien personas que hacen lo mismo? A mí eso no me interesa. Yo quiero hacer lo mío.
No hablo solo de artistas, hablo en general. Me gusta la gente que hace las cosas de verdad por placer, no para ser aceptada, no para encajar en una sociedad. No para decir: “si hago esto me van a aceptar, si hago estas pinturas guais me va a ir bien”. Eso, cero. Yo hablo de mí. Cada uno hace lo que quiere, pero yo no soy así. Siempre he ido por mi camino. Y no es fácil, claro que no es fácil. Muchas veces te dicen: “estás fuera de todo”. Vale, está bien. Yo me lo paso bien así.
Si hablamos de posiciones, para mí la palabra clave es autenticidad. Es una palabra que me parece importante. Ser auténtico, ser tú mismo, ser honesto contigo mismo. No inventarte una historia que no existe. Yo entré en una escuela de arte y veía a gente inventándose discursos: “me interesa esto, he leído esto…” Yo no soy así. Eso no soy yo. Yo soy esto que hago aquí. ¿Te gusta o no te gusta? No me voy a cambiar. De verdad que no. This is my thing y ya está.

Has mencionado varios pintores que te inspiran, pero no sé si tienes otras referencias, como cine, literatura...
Yo creo que la música. Para pintar, a veces amo el puro silencio, pero al mismo tiempo me encanta el jazz. El jazz es algo que escucho siempre. Sobre todo, el más experimental. Alice Coltrane, Sun Ra, Pharoah Sanders, Yusef Lateef… Es una música que tiene algo de delirio, que te deja viajar. Y a mí eso me encanta. Creo que la música, y especialmente el jazz, me da ritmo en el trabajo. Me deja viajar mientras pinto.
Leer… No voy a mentir, no soy tan buen lector. He leído, pero muchas veces me cuesta, porque en mi cabeza, cuando leo algo, ya quiero pintar. Pero creo que leer es la única forma de nutrir la imaginación sin imágenes. Es el único lugar donde puedes crear tus propias imágenes, y eso es lo bonito de leer. Por eso creo que es muy importante hacerlo. Leer es la base para, de verdad, trabajar y crear.
Aquí en el estudio tengo “Märchen von Mördern und Meisterdieben”, que se traduce como «fábulas de asesinos y ladrones maestros». Son historias cortas con un contenido muy surrealista, ya que son cuentos de hadas. En mi trabajo utilizo el libro como fuente de inspiración para estimular la imaginación.

Pasando a temas más generales. Has vivido la mayor parte de tu vida en Suiza y eres mitad español y mitad suizo. Desde esta posición, ¿cómo ves la escena del arte emergente en España hoy?
La escena del arte en Madrid tiene mucho, mucho potencial. Madrid está empezando. Esa es la diferencia con otros sitios que ya están en la mitad del proceso. Aquí todavía se siente ese comienzo.
Por ejemplo, París es insoportable. No lo puedes pagar. En Madrid también está empezando a pasar eso, pero todavía tiene barrios que a mí me interesan mucho: Usera, Carabanchel, Vallecas… Barrios donde hay una mezcla que muchas ciudades han perdido, que es el barrio de verdad. Donde vive gente que no tiene nada que ver con el arte. Eso Madrid todavía lo tiene. Es una ciudad grande, pero al mismo tiempo la gente está relajada. Hay mucho potencial, muchísimo. La escena artística también es interesante. Y en los últimos diez años, ha surgido una movida brutal: galerías nuevas, galerías emergentes, nuevos artistas.
Otra dificultad es el IVA. El IVA en España nos jode a todos: al artista y al galerista. Yo, por ejemplo, tengo unos precios en Suiza que aquí no puedo tener. Y eso afecta a todo el mercado español. Es algo muy real. Si eso cambiara, Madrid lo petaría aún más de lo que ya lo está haciendo. Ser artista en España es duro. Muy duro. Muchos trabajos el sueldo es una miseria. En Suiza, por ejemplo, puedes permitirte trabajar al 50 % y hacer arte. Aquí no.
Yo he trabajado de todo: en la obra, de ayudante, cuidando ancianos, de camarero. La verdad de ser artista es haber trabajado en otros trabajos durante mucho tiempo para financiar tu propio arte. Esa es la realidad. Yo llegué aquí haciendo trabajos que no quería hacer para poder hacer esto. Limpiar váteres, trabajar por siete euros la hora, servir copas, como me cuentan mis amigos artistas españoles… Esa es la realidad. Y a veces me cuesta escuchar ciertas entrevistas donde eso no aparece.
También comentas que en Suiza es sostenible tener un trabajo a tiempo parcial y ser artista. En España eso te consume demasiada energía…
Es imposible. No funciona. Si el sueldo mínimo está en 1.500 euros y trabajas al 50 %, y una habitación te cuesta 700 u 800 euros, ¿cómo haces? El sistema no funciona. Ha explotado. Por eso siempre digo que Suiza es como Disneyland para un artista. Tienes seguridad. Trabajas al 50 %, no vives una vida de lujo, pero puedes financiar tu propio arte. Yo he visto las dos caras, y sé cómo curran los artistas aquí. Curran muchísimo.
Por eso tengo mucho respeto por los artistas españoles. De verdad. Es muy duro.
Lo ves también en la educación. Yo estudié en la Politécnica de Valencia. Y te digo algo: no puedes meter a 80 personas en un máster solo por dinero. Ahí baja la calidad. La calidad sufre muchísimo. Eso es una problemática real de la escena artística. Si hablamos de escena, hay que hablar de educación. Ahí empieza todo. La educación es lo más importante, pero casi no se habla de eso. Ahí es donde debería ir la inversión de verdad.
Para ir acabando, me gustaría preguntarte por la experiencia de residente aquí, en la Casa de Velázquez.
Es genial. No puedo decir otra cosa. Es increíble estar con otros artistas, compartir, entender otras mentes. No estás solo. Estás en tu estudio, pero luego vas a otro estudio a tomar un café, hablas de pintura, del trabajo del otro. Eso es increíble. A mí me alimenta, me nutre. Porque si estás solo todo el tiempo, te vuelves loco. De verdad. El artista es como una esponja. Funcionamos así: vamos por ahí absorbiendo ideas, experiencias, imágenes, conversaciones. Cuando llegas al estudio, exprimes la esponja y salen las ideas.
Las ideas no vienen solas. Tienes que nutrirte: leyendo, viendo cosas, hablando, viviendo. Si no, no puedes contar nada. La residencia te da eso, y además tenemos una directora de estudios artísticos Claude Bussac que es increíble, porque nos entiende a los artistas. Está siempre detrás de nosotros, apoyando, empujando. Si tienes un problema, están ahí. Te deja hacer porque confía en el trabajo del artista.
Yo flipé porque apliqué casi sin pensar que fuera posible. Al final pasé la preselección, fui a París, presenté el proyecto… Estaba cagado, sinceramente. Trece personas mirándote y tú defendiendo tu trabajo. Pero hice lo mismo que hoy: ser honesto. Decir “esto soy”. No inventar una historia. Y funcionó. A veces no funciona, pero esta vez sí.

Última pregunta…
¿Mis sueños?
Un clásico…
Claro, es un clásico. Hay que terminar con algo bonito. Me parece la pregunta más difícil.
Mi sueño… Mi sueño es poder seguir haciendo lo que hago. Si la vida me permite seguir pintando, ese es mi sueño. No tengo otro. No sueño con ser una estrella del arte ni nada de eso. No me interesa. Quiero seguir haciendo mi trabajo, de forma humilde, con la gente que quiero cerca, y ya está. Lo básico: estar bien, tener a mi gente, pasar buenos momentos.
Soñar demasiado también es peligroso. En este mundo hay mucha gente que promete cosas que luego no pasan. Si tú ya te estás soñando exposiciones, carreras, reconocimientos, y luego no sucede, llega la decepción. Eso jode. Por eso dejé de proyectar tanto. Si viene algo, bien. Y si no, no pasa nada. El mundo del arte es muy volátil. Muchísimo. Mucha gente busca atención, aceptación. Y eso es peligroso. Por eso creo que lo importante es confiar en ti mismo, estar bien contigo. Lo demás, si viene, viene.
Claro que hay cosas que dices, “tengo un sueño, me encantaría tener esto o esto”. Todos lo tenemos. Todos. Y ahora me preguntarás: entonces, ¿cuál es el tuyo?
Te has atrapado tú mismo. [Risas]
Sí… Venga. Mi sueño, para terminar esta entrevista, es, cuando me vaya un día de este planeta, poder decir: he hecho un buen trabajo. Poder decir que he trabajado bien, que he sido una persona correcta, con mis cosas buenas y malas, pero que he hecho algo honesto. Eso es lo que quiero. Ese es mi sueño. De verdad.
Entrevista por Victoria Álvarez Conde. 25.02.26
























