PINTURA MUNDANA

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Entrevista a Nada Bien (n. 1992), vive y trabaja en Madrid, España.  

El artista Ramón Duerto Orlando, de nombre artístico Nada Bien, nos recibe a las cinco de la tarde de un martes de agosto. Abre la puerta de metal grafitteada de su estudio y nos invita a entrar en una gran nave diáfana dividida en dos: taller y casa. Arrancando inmediatamente a hablar, algo errático, de ojos amables, soñadores, nos guía entre los cuadros y nos presenta a Parra, su perro, “el auténtico Juan Parra”, dice, y a la gata, Meren, “de merengue”. Entre las obras hay un arpa en forma de luna, hileras de fotos de sus abuelos y otros antepasados, pilas de libros, espejos con aire añejo, escudos de localidades vascas, y en el patio una estructura de vigas de hierro pintadas de naranja y una pequeña piscina inflable perfectamente circular.

Entre dibujante y pintor, tatuador, escultor, escritor y músico experimental, Nada Bien se siente en el limbo de bastantes cosas. En su práctica resignifica símbolos típicos del imaginario pop – cowboys, magos, animalillos, seres fantásticos y demás – y busca darles un nuevo sentido irónico, en un lenguaje “tonos pastel” que suaviza la dimensión más crítica de su discurso. Aunque el artista parece querer dejarnos claro que él crea principalmente para disfrutar, y que tampoco el arte le parece muy diferente de caminar, hablar o cocinar un pisto manchego. Con un toque dadaísta, lo que cuenta parece estar a caballo entre la verdad y la ficción, el chiste y la seriedad: “A fin de cuentas, lo que me interesa es la realidad. No sé si entenderla, pero sí jugar con ella: reconstruirla, deconstruirla o simplemente copiarla”.

Por suerte, en nuestra conversación, todo bien.

¿Primeros recuerdos de la pintura y el arte en general?

Pues lo típico: en preescolar y en primaria dibujaba y pintaba. Supongo que luego lo normal es parar, ¿no? Pues yo seguí.

Mi familia también me ayudaba. Mi abuela, por ejemplo, me regaló un caballete a los cinco años que todavía tengo, y con mi tío hacía retratos y caricaturas. El arte se convirtió en algo familiar, una forma de entretenerme y pasar el rato.

Dibujar, dibujaba todo el rato. En el cole mis amigos y yo éramos “los que dibujábamos”. Leíamos Mortadelo y Filemón, Marsupilami, La Pantera Rosa… Recuerdo especialmente un cómic que me inspiraba un montón, sobre una especie de príncipe mono chino que vivía aventuras. Algo así como La Odisea asiática. Sentía una conexión muy fuerte con ese cómic: la historia, los dibujos, la forma en la que combinaba simbología de todo tipo… Mezclaba animismo, esoterismo y artes marciales, que me encantaban en aquella época. Leía muchas otras cosas, pero ninguna me afectó tanto ni se me quedó tan vívida en la memoria.

En la preadolescencia y la adolescencia, dejé de interesarme tanto por el arte. El dibujo se quedó en una forma de pasar el rato, sobre todo en clase. Típico: los profesores hablando y yo, en vez de tomar apuntes, dibujando en el libro, en las manos, por todos lados. Supongo que no atendía mucho.

¿Lo que te atraía era la sensación de poder evadirte de la realidad?

Sí, justo. Supongo que evasión y libertad son cosas parecidas. Para mí el arte era una forma de liberar la mente y acceder a sitios a los que no podía llegar en el mundo real. Y luego estaba la parte más simple: entretenerme, pasar el rato.

¿Eso es lo que sigues buscando en el arte hoy?

A nivel más básico, creo que sí. El arte es una forma de estar conmigo mismo y de pasármelo bien. Como a quien le gusta cantar, correr o limpiar. Un tipo de práctica como otra cualquiera.

En la preadolescencia dejé todo eso un poco atrás. Aunque creo que solo paré de pintar a un nivel consciente. Pienso que, una vez empiezas a pensar de forma creativa, a imaginar cosas y fijarte en ciertas formas, sombras o luces, esa forma de ver las cosas se queda contigo. Puedes estar jugando al baloncesto o trabajando de dependiente en una tienda y que eso también sea una forma de hacer arte.

Obviamente no es lo mismo, pero está relacionado: la pintura, pasear, la música, coger el metro… Hay partes de la cotidianidad, de simplemente estar vivo e interactuar con el mundo, que también son una forma de practicar una actividad creativa. Es como una especie de atencion plena a lo que estás haciendo.

Luego, evidentemente, el arte se convierte en muchas más cosas cuando empiezas a compartirlo con otras personas. Para mí ese cambio llegó durante la carrera de Audiovisuales. Hasta entonces, aunque dibujaba todo el rato, nunca pensaba demasiado en qué estaba creando o en qué quería hacer. Era dibujo automático absoluto.


Describes tu arte como un mantra polisémico. No sé si puedes explicar un poco más a qué te refieres con eso.

Tiene que ver con cómo me siento al crear: intento estar presente en lo que hago, y, al mismo tiempo, dejarme llevar por mi cuerpo y por mi mente. Es una forma de aceptar lo que me viene a la cabeza y confiar en que eso es lo que quiero transmitir.

A mí, por ejemplo, me encanta caminar. Muchas veces salgo sin ningún tipo de distracción, ni móvil, ni música, ni nada, y ese momento se convierte casi en una meditación activa. Voy andando, me van llegando pensamientos aleatorios y se va creando una especie de hilo en mi mente. No estoy pensando en cosas concretas, como lo que tengo que hacer mañana, o lo que me dijo mi amigo el otro día. Si alguna de esas ideas aparece, la acepto, pero después la intento dejar ir.

Con el arte busco un estado parecido, una especie de meditación automática. Dejo que la mente fluya y, a través de lo que va apareciendo, se crea una voz o una narración. A eso me refiero con lo del mantra.

¿Algo en la línea de revelar el inconsciente?

Sí, justo. Cuando dibujo, a veces tengo figuras concretas en mente y otras simplemente surgen de manera espontánea. Por ejemplo, me encantan las vacas. Las he dibujado tanto, que creo que ha llegado a punto en que su imagen está, de alguna manera, interiorizada en mí. Me pongo a dibujar, y aparecen. No estoy pensando conscientemente en que quiera hacerlo, pero ocurre.

Con la pintura es parecido. Desarrollo métodos que me interesan y me divierten, y, una vez que los tengo interiorizados, intento dejarme llevar. Voy creando y, de vez en cuando, tomo perspectiva: recoloco cosas, las junto o sigo generando. Eso me permite mantener la mente en esa especie de mantra. Estable dentro de un camino de creación.

Los bloqueos, si aparecen, suelen ser antes de empezar. Es como pasear: si me estanco es porque no he salido. Una vez que estoy andando, no paro. Igual me gusta la sombra de un árbol y me siento un rato, pero eso también forma parte del paseo. Con la pintura, la escritura o el dibujo me pasa lo mismo.


En tus destacados de Instagram hay referencias muy variadas: moda de los años 80, un grabado del siglo XIX, mucha pintura contemporánea… ¿Hay algún hilo conductor entre las imágenes que te llaman la atención?

Buena pregunta. No lo sé. Supongo que lo que busco es que me transmitan algo, que de verdad me afecten, ya sea a nivel estético o narrativo. Una especie de atracción. Básicamente eso es lo que busco: atracción.

Si me pusiese a pensar bien en todas esas referencias seguramente encontraría una o varias ideas comunes. Haciendo un análisis rápido, diría que me interesa mucho el misterio. También cierta ingenuidad, pero con profundidad: cosas que parecen sencillas o inocentes, pero que tienen matices que solo aparecen cuando le dedicas algo de tiempo a observarlas.

Justamente una cosa que aparece mucho en tus referencias son imágenes de niños, cuentos de hadas, ligado a un imaginario bastante infantil. En tu obra también hay algo de eso: utilizas un lenguaje de colores pastel, muy suave, para tratar temas que pueden ser más duros, sociales o incluso de denuncia. ¿Te interesa ese contraste?

Totalmente. Me interesa la dualidad en general: cómo la existencia de algo genera su opuesto.

Pienso que, si tratas temas existenciales, sociales o políticos desde una estética ingenua, que en principio sería su contrario, se generan conexiones entremedias que pueden ser muy reveladoras. Al poner dos extremos en un mismo plano puedes ver los caminos que llevan de uno a otro. Eso me parece fascinante.

¿Qué temas estás investigando últimamente?

A nivel general, diría que el título de la expo individual que hice con Pradiauto en 2023 resume bien mis intereses: soy una casa que está llena de gente. Todo lo que creo está directamente relacionado con la gente con la que me he cruzado, a la que he conocido o querido, así como a la que solo conozco a través de su obra.

Ahora mismo, sigo investigando varios temas: la dualidad, las formas de narrar, la naturaleza, lo cotidiano, la muerte y el luto… Los límites, la memoria, el inconsciente… Y quizás también los fluidos. 


Hay un punto bucólico en muchas de tus obras.

Sí, creo que tiene mucho que ver con los límites que supone vivir en una ciudad como Madrid a la hora de disfrutar de la naturaleza. Supongo que el deseo de conexión que siento acaba inundando también mi cabeza y mis ideas. Sin darme cuenta, estoy dibujando animales, paisajes, árboles, plantas, flores…

Imagino que también hay algo de romanticismo y de añoranza en esa relación. No sé si es muy sano, pero bueno, es lo que hay.

Entre las figuras que aparecen repetidamente en tu obra, hay magos, seres mágicos, cowboys… ¿Recurres a ellos de manera simbólica?

Siempre que utilizo una figura me interesa más por su simbología que por su estética. Me divierte reapropiarme de imágenes canónicas o pop, muy presentes en el imaginario colectivo, y cambiarlas de contexto o re-imaginarlas.

Con los vaqueros, por ejemplo, me interesaron unas imágenes de encuentros de hombres homosexuales en el norte de México y California, vestidos de cowboy y bailando entre ellos. Me parece brutal ese contraste entre la imagen clásica del cowboy, subido a un caballo, ocupándose de las vacas, fumando y escupiendo, y esa misma figura trasladada a una parte de su vida completamente diferente.

En mi obra intento hacer algo parecido: coger una imagen que pertenece a un entorno muy concreto, cargada de atributos y significados, y colocarla donde, en principio, no pega mucho. Como meter a un ingeniero informático a trabajar en una peluquería de uñas china y ver qué pasa. Generar ese tipo de situaciones extrañas, básicamente.

En realidad, tengo un montón de personajes y escenas en la cabeza y voy creando historietas con ellos. Quiero que mis obras tengan cierta narratividad, incluso las más abstractas, y que esas historias no se limiten a perpetuar una ideología dominante o un status quo. Mi objetivo es coger esas imágenes que todas conocemos y darles otro sentido, que es el mío.


¿Crees que haber estudiado Audiovisuales ha influido en que le des tanta importancia a la parte narrativa de tu práctica?

Sí. De hecho, creo que he seguido dibujando y pintando porque durante la carrera me di cuenta de que, para hacer un cómic, solo necesitas un lápiz y una hoja. No tienes que movilizar a un montón de gente ni conseguir millones como para hacer una película. Haces las viñetas y ya estás generando imágenes, una historia, una temporalidad.

También descubrí que esa temporalidad me interesaba más que la del cine. En una película, la directora o el director marca el ritmo; en un cómic está todo concentrado y tú decides por dónde empiezas, dónde te detienes o si vuelves atrás o saltas hacia delante. La pintura o la cerámica tienen algo parecido: permiten cierta interactividad mental. Un poco el rollo de los libros de “Crea tu propia Aventura”. Tú escoges en qué te fijas y, en cierto modo, cómo construyes la historia.

Esa forma de entender la narración me gusta mucho y creo que ha influido en el resto de mis prácticas: la escritura, el dibujo, la pintura…

Los cowboys pueden considerarse un símbolo de un tipo de masculinidad bastante clásica, y supongo que las imágenes que comentas también te llamaron la atención por una cierta subversión de sus roles de género. En Instagram muchas veces te refieres a ti misma en femenino. Más que hablar explícitamente de estas cuestiones, parece que te permites cierta ambigüedad, también estética. ¿Son ideas que tienes presentes?

Sí, totalmente. La forma en la que me refiero a mí misma varía bastante. Supongo que soy básicamente cis, pero nunca me he considerado una persona muy masculina. Tampoco de género neutro. Estoy un poco entre medias.

Desde pequeño me he sentido un poco en ese limbo. Nunca he estado del todo cómodo siendo chico, aunque tampoco completamente incómodo. Por eso a veces utilizo vocabulario neutro, femenino o masculino.

No quiero apropiarme de las experiencias de colectivos a los que no pertenezco, pero sí estoy muy alineado con el feminismo y la teoría queer. Son ideas con las que conecto y que he ido interiorizando de una forma bastante natural.

Supongo que esas ideas, al final, impregnan mi práctica. Si estoy leyendo o pensando en ciertos temas mientras pinto, necesariamente van a aparecer de alguna forma en lo que hago, porque es imposible separar una cosa de la otra. Sobre todo porque gran parte de mi práctica es automática y tiene mucho que ver con mi forma de ser. Aunque nunca parto de querer hablar específicamente de género.

Creo que esa ambigüedad que describes define bastante mi práctica y mi manera de ser: estar entre medias, entre dos aguas. Me pasa un poco con todo. Nunca he sentido que perteneciera del todo a algo concreto. Me siento parte de muchas cosas, pero nunca completamente de una sola. 


También mola el mix de ilustración y color que hay a veces en tu pintura.

Es un tema que todavía tengo pendiente. No quiero que los cuadros sean totalmente figurativos, pero tampoco quiero abandonar el dibujo, porque es una parte muy importante de lo que hago. De hecho, muchas de mis pinturas parten de dibujos.

En los cuadernos esa mezcla me sale de forma más natural: puedo pasar de algo completamente abstracto a una figura concreta porque cada página es distinta. En un cuadro todavía estoy buscando cómo hacer convivir esas dos cosas. Creo que el color puede ayudarme a llevar una figura hacia un lugar más abstracto.

Aunque tampoco quiero encasillarme demasiado en nada. A veces parece que para tener una carrera artística tienes que desarrollar una voz o un lenguaje muy concreto y reconocible. Me parece guay, pero no es algo que me interese demasiado para mí. Lo veo un poco capitalista, como convertirte en una marca y acabar siendo una especie de empresa artística.

Aunque, obviamente, es imposible salirse del todo de eso en el mundo en el que vivimos. Pero intento que no sea tan evidente. Me interesa manejar variaciones, distintos lenguajes y estéticas. Mi idea es mezclarlo todo: cosas más abstractas, paisajísticas o raras con otras más sobrias o figurativas. No dejar nada demasiado claro ni asentado. Supongo que vuelve a esa idea de estar un poco en el limbo, entre medias.

A la hora de pintar, ¿cómo es tu proceso?

Es un proceso al que he ido sumándole capas con el tiempo. Suelo empezar trabajando con espray, y ahí me dejo llevar totalmente: líneas, gestos, lo que vaya saliendo. Después entelo el bastidor y añado pintura diluida, a lo Willem de Kooning o Helen Frankenthaler. Me interesa entender esos procesos y pensar que, si ellos alcanzaron cierto punto, yo igual puedo llegar un poco más lejos.

Una vez que empiezo, normalmente no paro. Si algo sale mal, pues ya está. Lo bueno de la pintura es siempre puedes pintar por encima. Las capas, de hecho, son parte de mi proceso: voy construyendo sobre una base y generando más profundidad, más niveles de percepción. Cuantas más capas, más riqueza.

Últimamente pienso que la relación con un cuadro se parece bastante a la que tienes con una persona. Tienes que entender qué quiere, qué quieres tú, qué le puedes dar y qué te puede devolver. Si has generado una buena relación, aunque la cagues, normalmente se puede solucionar. Te perdona. [Risas]

Aunque creo que eso lo he aprendido de la vida y luego lo he aplicado a los cuadros, no al revés. Pintar es un poco como tener una conversación: dices una cosa, luego otra y, poco a poco, decides qué mantienes, qué quitas y qué funciona.

Los bastidores que usas son bastante variados.

Sí, normalmente trabajo con lo que pillo en la calle. Me encuentro el típico cuadro de un paisaje o una escena de caza con un marco rococó dorado, le quito el lienzo y reutilizo el bastidor.

Por eso los tamaños muchas veces son simplemente los que hay. También hago mis propios bastidores, pero últimamente intento no comprar tanta madera porque me encuentro muchísimos por ahí.

Algunos de los cuadros son casi tridimensionales, pintados por ambos lados. ¿Te acercas a ellos como escultor?

Más que pensar el cuadro como una escultura, me interesa la idea de pintar sin pintar: hacer cuadros que, de alguna manera, sean otra cosa. Aunque luego los llene de acrílico hasta arriba.

Creo que en eso influye el no ser un artista de escuela. Nunca me han enseñado una manera “oficial” de hacer las cosas, así que desde el principio he sentido que todo lo que surgiese valía. Eso también me libera a la hora de probar y simplemente pasármelo bien. Al principio hacía cosas más cercanas al collage, con mucha textura y dibujo, y luego empecé a pintar más propiamente.

También tiene que ver con la idea de sinestesia o multiplataformas. Lo que decía antes: hacer un pisto manchego puede ser como pintar. Si estoy cortando, sofriendo y concentrado en lo que hago, la sensación mental e incluso física puede ser la misma que siento al hacer arte. Bueno, realmente el pisto manchego es mejor porque te lo puedes comer. La pintura no. A no ser que la vendas y la conviertas en un pisto manchego, o la intercambies directamente por un pisto manchego [Risas].


¿Qué es lo más difícil de pintar?

Parar.

Es bastante vicio, ¿sabes? Empiezas y quieres llegar a otro punto, probar cosas, mejorar. Puede ser bastante obsesivo, aunque un poco de obsesión yo creo que está bien.

Pero, en realidad, lo más difícil es conseguir que el cuadro diga algo. Y no me refiero a nivel teórico o conceptual, sino emocional. Que no sea el típico cuadro de decoración de un hotel, sino que te haga sentir algo. Para bien o para mal.

No lo sé. Conseguir eso es algo raro, casi esotérico. Probablemente tenga mucho que ver con la composición y la estructura: cuatro cosas que, cuando funcionan juntas, generan una especie de armonía. No sé si buena o mala, pero algo que hace que quieras entrar en la imagen.

¿Y qué es lo que más disfrutas?

Investigar. La aventura.

Y la pintura en sí. Me gusta mucho mirar pintura, sea quien sea el artista. Incluso si es la mía. [Risas]

Entre tus stories también aparecen cuadros de Hilma af Klint. Ella entendía la pintura como una forma de desvelar dimensiones ocultas de la existencia, desde una visión muy espiritual. ¿Tú también ves el arte como una manera de revelar el lado invisible de las cosas?

Sí, total. No sé si voy a contestar exactamente a eso, pero para mí el valor principal del arte es que puede ser una herramienta para que cualquier persona viva su vida de una determinada manera.

Yo pinto y ahora también vendo cuadros, pero casi lo que más me interesaría es que alguien que no pinta vea mi obra y diga: “Qué guapo, quiero pintar”. Creo que es a través de tu propia práctica, de tu propia mano y cabeza, como puedes llegar a dimensiones más espirituales o a realidades que no están tan a la vista.

Me interesa que el arte no sea simplemente un bien de consumo, sino una herramienta de emancipación personal. Si puedes vivir de hacer cuadros, partituras o cerámica, pues brutal, enhorabuena y olé. Pero para mí lo importante está en la práctica.

Lo comparo mucho con el deporte: te ayuda a conectar contigo mismo, con los demás y con el mundo.  Mi utopía sería que una persona viese un cuadro de Hilma, le transmitiese algo y luego se fuese a su casa a pintar. Que ese momento de lucidez que ha sentido frente al cuadro se convirtiese en algo más importante dentro de su espíritu.

¿Te gustaría que el arte fuese algo que ayudase a la gente a conectar más consigo misma?

Sí, y también con el universo y con lo que nos rodea.

¿A ti te el arte te conecta más con el universo?

Pienso que sí. Aunque no sé si ya estaba conectado de antes. Quizás el arte simplemente me permitió no desconectarme. Igual haber seguido pintando y dibujando desde pequeño me mantuvo en esa sintonía.

Obviamente ha habido momentos en los que me he desconectado más o he estado metido en una especie de burbuja destructiva, egocéntrica o extraña. Pero pintar me mantiene despierto y atento a lo que hay a mi alrededor: cómo se mueven las cosas, cómo funcionan…

¿Qué has ido descubriendo sobre como “funcionan las cosas”?

Wow, es complicado porque creo que nunca lo he verbalizado ni me lo he planteado así. Son cosas que simplemente voy sintiendo o percibiendo. Pero voy a intentar explicarme.

Para empezar, que todo está conectado, incluido el arte. Por muy específico o extraño que sea lo que haces, siempre parte de algo: de lo que has visto, lo que has vivido, y de las imágenes que ya existían antes que tú. Por eso no pienso en el artista como un individuo aislado con una voz completamente única, sino como parte de algo más amplio. Cuando creo, estoy continuando o transformando cosas que ya estaban ahí.

La pintura también me hace estar muy atento al entorno: a cómo se conectan las líneas o cómo dos figuras que parecen independientes pueden formar parte de un mismo paisaje. En el fondo es la misma idea: las cosas no existen de forma aislada, ni en el tiempo ni en el espacio.

Y también me parece bonito poder generar tu propia versión de lo que percibes. Ser una especie de traductor de los impulsos que hay a tu alrededor y transformarlos en otra cosa.

También me intriga tu faceta de tatuador. Nunca habíamos entrevistado a uno. ¿Cómo surgió? Y, concretamente, ¿Ves la piel como un lienzo?

Siempre me han molado los tatuajes. Creo que todo empezó con un libro que tenía mi madre sobre gente tatuada. Lo vi con unos 10 años y me flipó. En ese momento no sabía nada de las asociaciones del tatuaje con gente al margen del sistema, criminales y demás. Después, con 19, conocí a unos chavales de Londres que se habían hecho sus propios tatuajes y pensé que tenía que probarlo. Empecé con una aguja de coser y tinta china y me vició. Poco a poco fui aprendiendo y metiéndome en ese mundo.

Al principio creo que simplemente quería tatuajes y no tenía dinero, así que decidí hacérmelos yo mismo. Luego empezaron a pedírmelos amigos, una pareja que tuve, mi madre… Hasta que empecé a tatuar a desconocidos.

Ahí empecé a ser más consciente de lo que estaba haciendo. A veces lo pienso y es bastante heavy: estoy poniéndole un dibujo mío a alguien que lo va a llevar grabado el resto de su vida. Diría que no veo la piel como un lienzo. Para mí la piel está pegada a un humano, y eso lo cambia todo.

Con el tiempo he entendido que tatuar también es una cuestión de comunicación. Tienes que dialogar con quien vas a tatuar y que sepa qué va a recibir, porque de alguna manera su historia y la mía van a quedar ligadas para siempre. Ese dibujo va a envejecer con esa persona, lo va a ver otra gente y puede incluso servir para conectar a desconocidos. Los tatuajes funcionan un poco como la astrología: sirven para romper el hielo. De hecho, hay gente que se ha conocido porque ambos llevan tatuajes míos.

Creo que esa es una de las cosas más guays de tatuar: el dibujo deja de ser solo tuyo y empieza a formar parte de la vida de otra persona. De alguna manera, le da vida a tu obra. Eso me parece bastante potente. 


Antes has dicho que ahora te está interesando más la música que otras cosas. ¿Por qué?

Siempre había querido probarlo, pero nunca me había atrevido, y eso lo hace emocionante. Todavía no existe esa frustración de haberlo intentado y que no haya salido bien. Me mola aprender por mi cuenta, un poco de oído, viendo qué suena bien y qué no. Es como explorar un territorio nuevo.

También me interesa la materialidad, o la “no materialidad”, de la música. La vibración me parece increíble. Hace unos siete años llegó a mis manos una guitarra acústica y tocaba de vez en cuando, pero llevo unos tres meses muy viciado. Toco todos los días, tengo hasta callos. Algo tan sencillo como sentir la vibración de la caja de la guitarra sobre la tripa y el pecho me hace estar muy a gusto.

Has mencionado que te afecta bastante lo que lees. ¿Qué obras te han marcado especialmente?

Leo bastante variado. Hubo una época en la que leía sobre todo teoría; ahora sigo con algo de ensayo, pero sobre todo leo novelas. De pequeño, con 13 años o así, leí Naked, de David Sedaris, y creo que me influyó mucho. O más que influirme, conecté muchísimo con el libro y con el autor. Me sentía muy identificado con el tono de la novela, el humor, la manera en que retrata una vida llena de contradicciones... Y el sentimiento de no encajar del todo en ningún sitio y reírse de ello; con reírse de uno mismo, en definitiva.

También me impactó muchísimo fue Ancho Mar de los Sargazos de Jean Rhys. Lo leí hace unos tres años, y fue de esos libros que te inundan completamente de sensaciones. Habla de los recuerdos de infancia de una chica que vive en el Caribe y mezcla su historia familiar con el colonialismo la segregación racial y todo ese contexto. La forma en que está escrito es alucinante: te hace sentir que estás ahí, rodeado de mosquitos, con un calor abrasador y la luz intensa… Es muy psicodélico.

Otro que me encantó es Trabajos del Reino de Yuri Herrera, un autor mexicano que vive en Estados Unidos. Me leí el libro prácticamente de una sentada. Líricamente me parece increíble. Llevo un tiempo muy metido en la música regional mexicana, y mientras leía sentía casi que escuchaba el ritmo de los sonidos que describía. Me hacía preguntarme, “¿Seré mariachi? ¿Acaso soy un cantante de corridos mexicano?”. Su prosa tiene algo muy musical. Es narrativa, pero parece poesía. 

Pregunta importante: el nombre, Nada Bien. ¿De dónde sale?

Voy a darte mi versión. Hace unos años estaba muy obsesionado con la nada. Lo sigo estando, me interesa un montón. Tiene que ver con lo que hablábamos de las dualidades: para que exista un “todo” tiene que haber una “nada”. Es bastante básico, pero me parece bonito.

Sobre todo, me interesa a nivel del ego y de cómo nos concebimos a nosotros mismos. No pensarte como algo individual y concreto, sino como parte de un todo. Porque, al mismo tiempo, si formas parte de ese todo, eres también un poco nada. No eres algo concreto ni específico.

En esa época estaba leyendo El fruto de la nada, de Maestro Eckhart, un místico alemán. Es un libro brutal que habla de teología cristiana desde un lugar que me resulta casi taoísta. Plantea la nada como una especie de raíz de la que sale todo.

También escuchaba mucho Swim Good, de Frank Ocean, con mi pareja de entonces. Un día me dijo que había pensado en tatuarse “nada bien”, que sería la traducción de swim good en español, y pensé: “Wow, qué buenísimo”. Me encantó el doble significado. Por un lado, estaba la nada y, por otro, nadar. También me gusta mucho el agua, el mar, hacer surf… Y tiene esa idea implícita de no hundirse, de seguir a flote, vivo, en la movida. Supongo que en esa época estaba un poco deprimido también, así que era una mezcla de todo.

Decidí usarlo como nombre de Instagram. Y eso fue todo.

Interpretaba “Nada Bien” como “nada está bien”, pero en plan irónico; como que, a pesar de todo lo malo, aquí seguimos. Siento que ese tipo de humor aparece mucho en tu obra.

Sí, total. Me interesa mucho ese punto intermedio, donde se encuentran los extremos y donde, al final, está la realidad. No es del todo una cosa ni la otra.

A fin de cuentas, lo que me interesa es la realidad. No sé si entenderla, pero sí jugar con ella: reconstruirla, deconstruirla o simplemente copiarla. Y ahí el humor es importante. Sobre todo, el humor absurdo, un poco surrealista, que es el que más me mola y el que me sale de forma más natural.

Al final vuelve un poco a lo mismo: dejarse llevar.



¿Qué tal ves la escena del arte en Madrid últimamente?

La veo guay. No estoy muy dentro, pero tampoco muy fuera. Tengo amigas con galerías jóvenes, amigos artistas, y me parece que están pasando cosas interesantes. Las voces y los temas que aparecen me suelen interesar y hacer sentir cosas.

Es una pena que no haya mucho dinero y que siga siendo un sector bastante precario. Tampoco hay demasiada independencia, aunque no creo que la haya habido nunca. Supongo que está parecido a como ha estado siempre, solo que con gente nueva diciendo cosas nuevas.

Ahora estás trabajando en un proyecto concreto, ¿no?

Eso es, tengo una expo colectiva en otoño en la que presento dos obras. Para eso estoy en modo paisajismo total, trabajando sobre todo con perspectiva y composición.

Voy probando, pero me pasa una cosa: cuando algo funciona, me da palo repetirlo. En teoría debería insistir y punto, pero no soy capaz. Llego hasta cierto punto y luego necesito meterle algo raro. Igual es una especie de autosabotaje. No querer que las cosas simplemente salgan y ya está.

Antes dijiste que te mola la música precisamente porque es algo nuevo. Igual para ti es importante que te sorprenda lo que estás haciendo.

Sí, totalmente. Tiene que haber sorpresas. Si no, me siento un poco autómata, como alienado. Me gusta pasármelo bien y, si no me estoy divirtiendo, no lo hago. Para eso estaría en el departamento de comunicación de KPMG, en la Torre Picasso, o algo así.

A ver, tampoco te pases.

Ya, ya, ya. Era por ser un poco tremendista. [Risas]

Igual podrías ser panadero o algo así.

Ostras, sí. Hay que madrugar mucho, pero está guapo. Hay millones de profesiones que me flipan. Simplemente no se han dado y ahora me toca lo de la pintura. [Más risas]

Así que, ya que estoy, quiero pasármelo bien.

Y ya para ir terminando, ¿qué otros sueños tienes? ¿Qué cosas te gustaría hacer?

Nunca pienso mucho en el futuro, pero tengo pendiente mejorar mis habilidades de carpintería. También soy autodidacta en eso y, claro, en la pintura más o menos te puedes apañar, pero en carpintería se nota más: las cosas se rompen, se caen y se deshacen.

Pero me encantaría tener un taller de bricolaje. Eso sí que sería un sueño. O un cinturón de herramientas. Y un sombrero de cowboy.

[Ramón hace una pausa, y, con los ojos brillantes, empieza a hablar más rápido que antes, como si le hubieran dado cuerda.]

En bachillerato pasé un año en Wyoming, uno de los estados cowboys de Estados Unidos. Es un sitio muy rural, prácticamente sin ciudades, con mucha cultura de rodeo y caballos por todas partes.

Por parte de mi padre también he estado bastante en contacto con ese mundo. Él hacía Acoso y Derribo, un deporte español con caballos, como una especie de rodeo de aquí. Es muy nicho: ganaderos y frikis de la doma vaquera, como mi padre. No visten como los cowboys americanos, claro, sino como el clásico vaquero ibérico: traje corto, sombrero plano, zahones, botas…

No sé por qué estoy hablando tanto de esto. Va a ser que mi sueño al final es hacerme cowboy. 


Imágenes de obra cedidas por el artista: fotografías 6, 11, 14, 15, 21, 23, 25, 26, 27. 

Entrevista por Victoria Álvarez Conde. 13.10.26