Entrevista a Teresa Segovia (b.1997), vive y trabaja entre Madrid, España.
Una mesa dice mucho de alguien… La de Tere es un buen mix. Cartas de la Interviú, etiquetas de mercería, un ambientador con un logo estupendo y sus últimas obras en procesos: esculturas hechas con bragas y un envoltorio de cámara desechable relleno de chicles a medio masticar.
“Soy muy fan de las basurillas” me dice con una gigante sonrisa la artista madrileña, desde su estudio compartido en Casa Antillón. Desde que se graduó en Bellas Artes por la UCM de Madrid, ha ido saltando de una técnica a otra, según ella, a raíz de “brotes” que le dan. Aunque luego haya mucho que continuamente reaparece en diferentes formas en su obra (siempre en la misma paleta de colores pastel-pink). Chicas-maniquíes con un parecido razonable a iconos de los años 60 caídos en desgracia y referencias dispares a publicidad castiza e internacional, todo entremezclado con deshechos de basurero y un toque grunge evocado por la siempre irreverente textura del aerógrafo. También un aire un poco naif, con Pucca apareciendo entre chicas de calendario y tazas decoradas con tetas y ubres de vaca. ¿Ironía? No creo.
Tere dice que a veces no tiene ni idea de lo que hace, que cuando planea la caga y lo que mejor le sale es dejarse llevar por la intuición. Por suerte grabé esta entrevista, y ojalá que quede algo de su loca frescura – como dijo un amigo en común, “lo que le pasa a Tere es que luego tiene esa cosa de hippie zarrapastrosa que le gusta estar de cháchara.” Aquí va un trocito de nuestra charla:
Una mesa dice mucho de alguien… La de Tere es un buen mix. Cartas de la Interviú, etiquetas de mercería, un ambientador con un logo estupendo y sus últimas obras en procesos: esculturas hechas con bragas y un envoltorio de cámara desechable relleno de chicles a medio masticar.
“Soy muy fan de las basurillas” me dice con una gigante sonrisa la artista madrileña, desde su estudio compartido en Casa Antillón. Desde que se graduó en Bellas Artes por la UCM de Madrid, ha ido saltando de una técnica a otra, según ella, a raíz de “brotes” que le dan. Aunque luego haya mucho que continuamente reaparece en diferentes formas en su obra (siempre en la misma paleta de colores pastel-pink). Chicas-maniquíes con un parecido razonable a iconos de los años 60 caídos en desgracia y referencias dispares a publicidad castiza e internacional, todo entremezclado con deshechos de basurero y un toque grunge evocado por la siempre irreverente textura del aerógrafo. También un aire un poco naif, con Pucca apareciendo entre chicas de calendario y tazas decoradas con tetas y ubres de vaca. ¿Ironía? No creo.
Tere dice que a veces no tiene ni idea de lo que hace, que cuando planea la caga y lo que mejor le sale es dejarse llevar por la intuición. Por suerte grabé esta entrevista, y ojalá que quede algo de su loca frescura – como dijo un amigo en común, “lo que le pasa a Tere es que luego tiene esa cosa de hippie zarrapastrosa que le gusta estar de cháchara.” Aquí va un trocito de nuestra charla:

¡Hola, Tere! Has trabajado con muchos medios: cómic, pintura, instalación, vídeo, y últimamente objetos escultóricos o pintura expandida. Cuéntame un poco sobre ese proceso creativo y cómo ha sido pasar de una cosa a otra.
Pues, otra vez me ha dado un "brote", que es como yo llamo a estos impulsos que me dan. Cuando empecé a pintar, lo hacía más por la imagen en sí, pero con el tiempo empecé a interesarme por las texturas y a abstraerme experimentando. Esa abstracción también se trasladó a los materiales que usaba.
Siempre me han interesado los objetos, pero antes de una manera más representativa, como para retratarlos. Hubo una evolución progresiva en mi pintura, comencé a sentir necesario añadir elementos o enfocar la atención no solo en la pintura, por ejemplo, poniendo clavos en los marcos. Vi como estos pequeños apéndices afectaban a la obra y esto me interesaba. Poco a poco, me fui fijando más en esos detalles y ahora, de repente, disfruto más trabajando con el objeto como tal. Ahora, al pintar, me atrae la mezcla de texturas y lo que puedes descubrir en la obra. Como espectadora, me encantan los cuadros que necesitan ser mirados con atención, durante un ratito, donde parece que el artista se ha roto la cabeza en algo aparentemente sencillo o que tiene varias capas de significado. Me gusta ponerme en la posición de espectadora a la hora de pensar también en mi obra y también me gusta mucho jugar con símbolos y jugar con las jerarquías dentro de la pieza.
Me genera rechazo lo que hacía hace tres meses, creo que eso tiene que ver con nuestra manera de consumir hoy en día. Me saturo muy rápido de ver las mismas cosas, incluso de las más propias. De todas formas, los contrastes en general me encantan, y este continuo rechazo a lo que hice ayer me fuerza a buscarlos de manera orgánica. No solo el contraste como tal, sino cómo este puede se convierte en una conversación, un diálogo, y como escuchamos esos diálogos. Por eso, ahora estoy disfrutando mucho de trabajar con objetos y materiales, porque todo tiene que dialogar: las texturas, los colores, incluso las fundas y lo que contienen.
Creo que, con el tiempo, esos "brotes" han empezado a alimentarse mutuamente. Por ejemplo, a veces trabajo con cómic, luego con ropa, después con otros medios, y cada vez todo eso tiene más sentido en conjunto. Pero, la verdad, intento no pensar demasiado en un resultado específico. La mejor sensación viene cuando me sorprende un poco lo que acabo haciendo.

Después de tu Eramus en la Academia Albertina de Turín, realizaste un Máster en Diseño y Dirección de Moda en la escuela IADE ¿Cómo se refleja esta etapa en tu obra actual?
En el Erasmus viví situaciones muy relevantes y conocí a personas que constituyeron un cambio brutal en mi mirada estética y en cómo entiendo el mundo. Supongo que cambiar de ciudad hace que pasen estas cosas.
Por otro lado, el máster me sirvió mucho para profundizar en teoría de la imagen, teoría visual... El estudio de la moda, para mí, fue muy revelador, especialmente en relación a cómo nos relacionamos como sociedad con la imagen y el cuerpo, y qué quiere decir esto. Es decir, la imagen como síntoma.
Durante ese curso también desarrollé una revista llamada Turista, desde donde exploré por primera vez la ironía y la apropiación. Me interesaba la idea de observar desde afuera, de descontextualizar las cosas. Creo que ahora vivimos en un momento donde la mirada es muy "de turista": observamos con distancia, sacando objetos o imágenes de contexto, y con la ironía que esta descontextualización supone. Este proyecto fue un poco la base teórica de lo que hago hoy. Por eso me parece interesante utilizar basurillas, objetos encontrados o imágenes de anuncios. Es un ejercicio de resignificación desde el nacimiento de la pieza.

Viniendo del cómic, ¿Aún te interesa la dimensión narrativa en tu trabajo actual? ¿Tienen algo de “personajes” las figuras que aparecen en tus obras?
En su momento hacía cómics experimentales. Jugaba mucho con la velocidad de los dibujos para marcar el ritmo de la historia o con la aparición de símbolos, como jeroglíficos, como eje narrativo. Era más bien un juego de velocidades. Siento que eso se ha ido diluyendo, aunque supongo que algo queda, una base o una suerte de narración que atraviesa mi trabajo.
Desde entonces sí que me he servido mucho de los personajes para construir otras cosas. En la residencia que hice en Casa Antillón antes de que fuese mi espacio de trabajo, todo el proyecto giraba en torno a un oso de peluche, Teddy Beer, que era la imagen corporativa de una marca de cervezas. Era una instalación, al llegar entrabas en el salón de su casa y te encontrabas con un gran oso de peluche que había muerto en el sofá.
En pintura también he utilizado el recurso del personaje en mayor o menor medida. La chica del pelo rosa, por ejemplo, es una chica de calendario. Hice un cuadro donde está ella delante de un calendario, y después otro cuadro donde sale coja, delante del mismo escenario. Buscaba más una continuidad que hiciera que el personaje pareciera real.
En el caso de Chica Tigre, un proyecto que nunca terminé ni publiqué, fue algo que empezó con una chica con la cara pintada de tigre. Me gustó el primer cuadro que hice de ella, y fue de ahí de donde empecé a sacarle cualidades al personaje con otros amigos del estudio. Encima fue algo súper grupal. Y entonces, a partir de esa lectura, salió otra, y así fui hilando varias. Al final acabé como con un personaje tipo Marilyn Monroe, pero más romanticona: sacaba discos y todo eso. Luego hice un vídeo con mi madre vestida como ella porque se nos ocurrió que era una famosa típica que desaparece de los focos y nadie sabe qué pasó con ella hasta años después. Era básicamente una imagen que iba construyendo de una mujer, ya que cada pieza nos hacía llegar a la siguiente.
Hubo una época en la que hacía muchas chicas. Todas tenían una belleza algo perturbadora: mujeres súper normativas, guapas, pero siempre con algo que te perturbaba un poco. Lo hacía de manera natural, no es que fuera algo completamente buscado, pero me interesaba trabajar desde ahí.
Al trabajar con imágenes de mujeres bastante provocadoras, ¿Buscas explorar temas como la sexualización del cuerpo femenino?
Realmente lo de los personajes femeninos y la publicidad son cosas que han surgido de manera secundaria, aunque al final son bastante protas. Lo que sí pienso más son los lenguajes o los medios que utilizaré, como la parte de usar la ironía, que es más pensada: más en plan “voy a hacer esto”. Al crear, a veces parto de un objeto reconocible. Por ejemplo, en la instalación de Teddy Beer, la televisión estaba en el suelo y por patas tenía dos tomos de Páginas Amarillas, lo que me parecía bastante crucial, ya que son objetos reconocibles, recuerdos comunes.
Trabajar con mujeres o con personajes femeninos ha sido algo más intuitivo. Cuando empecé a pintar mujeres, lo hacía porque me gustaba más representar una mujer que un hombre. Luego me di cuenta de que había muchas cosas conectadas, como la sexualización, su relación con el consumismo y la manera en que los cuerpos femeninos están atrapados en estas dinámicas. De todas formas, en mi obra los cuerpos eran eso, un cuerpo, un medio a través del cual viajan pequeños matices que son lo verdaderamente importante. Hay muchas cosas feas de las que me acabo apropiando, a veces sin darme cuenta… En este caso la cosificación, pero es lo que hay.
Acabo de sacar una colaboración con un colectivo llamado puestoFIERA. Ellas hacen reproducciones artísticas, y en este caso hemos hecho unas tazas. Me lo propusieron y me daba un poco de pereza hacer unas láminas de unas pinturas, así que acabamos llegando a la conclusión de sacar tazas. Como me interesa tanto todo lo relacionado con la publicidad, pensé en hacer unas tazas súper guarras, algo muy comercializable. Son tres diseños: una con tetas, otra con ubres, y la tercera tiene unos pectorales. Me gusta mucho la idea de vender un objeto hipersexualizado.
No busco tanto provocar como jugar con el símbolo. Por ejemplo, las bragas me parecen graciosas, pero también me interesan como espacio, como hueco. Tiene algo que ver con la sexualización, pero no es algo que planee demasiado; surge solo. (Además de ser también una apropiación de recuerdo común, ya que son una falsificación de Calvin Klein).

¿Tienes referencias específicas que te inspiren?
Voy mucho por rachas. Ahora mismo no tengo una referencia clara. A veces me inspira gente cuya obra no me gusta, pero por algún motivo me inspiran. De los que sí me inspiran ambas cosas, diría Pippa Garner. Ella me parece increíble, no solo su trabajo, sino como personaje. Es de esos ejemplos en los que artista y obra son inseparables.
También me inspiran cosas que no tienen nada que ver. Por ejemplo, la comida me inspira muchísimo. Me encantaría empezar a trabajar con comida, después de comer algo rico siento un éxtasis parecido al que sientes cuando creas algo que te satisface. Y me interesa mucho porque la comida tiene algo muy iconoclasta: la consumes y desaparece. Es de alguna forma como consumir una imagen, y eso me parece interesante. La manera en que ha evolucionado como consumimos comida y como consumimos imágenes dice mucho de nuestra sociedad.
Las “basurillas” me inspiran muchísimo. Por ejemplo, esta cámara de usar y tirar me la regalaron en una producción. Es una cámara súper bonita, pero la estoy usando para una pieza donde la quiero llenar de chicles, que son como un alimento de usar y tirar. Los chicles los estoy comiendo yo misma, aunque hay uno que lo puso mi amigo Álvaro, y me encanta que haya uno que no es mío, como un detalle especial.
María Arranz, últimamente también gran referencia, es una periodista especializada en feminismo y gastronomía, y tiene una newsletter que leo siempre. También publicó un libro que quiero leer, El delantal y la maza, y tuvo una revista sobre comida y sus periferias. En el número que pude comprar habla de la comida en Internet, y son reflexiones muy interesantes.
Etiquetas, carteles, slogans... ¿Hay una intención de crítica al consumismo o la publicidad en tu trabajo?
Sí y no. Es verdad que uso muchas imágenes relacionadas con el consumismo, pero no parto de ahí. Simplemente me llaman la atención esas etiquetas o símbolos. Tengo, por ejemplo, una colección de papeles de chuches de todo el mundo. A veces esas referencias surgen de forma natural, como te comentaba con las figuras femeninas.
A menudo las recojo de escaparates, anuncios o incluso bazares. Me gustan las que tienen menos diseño gráfico, las que son más espontáneas. Hay algo en esas figuras simples y reconocibles que me atrae, como calendarios o frases cotidianas. Todos estos elementos pop son objetos que me llaman la atención y se convierten en un collage mental que luego llevo a mis obras.
Recuerdo que, en algún momento, me obsesioné con la idea de hacer algo completamente único, con romperme la cabeza buscando algo que solo yo pudiera aportar. Es una cosa con la que creces como “artista”, una cosa intrínseca en la educación artística, pero porque en alguna época fue así. Por eso me gusta abrazar la idea de tomar cosas de diferentes lugares: imágenes reinterpretadas, la apropiación en sí. Es algo que me interesa mucho porque, al final, creo que, ahora, de una forma u otra, casi todos creamos desde ahí, desde una enorme acumulación de referencias.
Me parece más importante no caer en un vómito continuo, en una repetición de estéticas y ya. Es decir, creo que ya no existe la figura de la huella de un artista, del genio… Blablablá. Aunque no intentar hacer algo nuevo no quiere decir caer en la repetición vacía. Me parece que cualquier expresión artística tiene que excitar los sentidos, por eso me gusta partir de esos recuerdos comunes, imágenes reconocibles, y pervertirlos de alguna forma. Es mi opinión, no querría que suene a sentencia. Igual que funciona ver algo que ya conoces, pero mucho más grande, o mucho más pequeño, en plan “Cariño, He Encogido a los Niños”.

Por las referencias vintage y los colores pasteles, tu obra transmite cierta nostalgia de la infancia y la adolescencia. ¿Es algo buscado?
Sí, puede ser. Me cuesta mucho salir de ciertos colores que tienen esa estética de habitación de niña adolescente, con tonos pastel. Creo que me gusta que la inocencia esté de la mano de la ironía, pero no es algo del todo premeditado. Creo que esa mezcla la consigo usando estos elementos reconocibles que evocan cierta nostalgia, como objetos o estéticas familiares. Me gusta que algo pueda ser visualmente dulce pero que, al mismo tiempo, perturbe un poco, que genere preguntas.
Por ejemplo, hice unos raviolis con colores y rellenos de mis colores de siempre y lo puse en stories, y varias personas me dijeron: “¿Qué estoy viendo?”. Esa sensación de desconcertar me encanta, porque obliga a la gente a quedarse mirando y reflexionando sobre lo que está viendo. Me gusta porque es la posición que más disfruto como espectadora.
En tus pinturas, ¿te gusta jugar con la sensación de “espiar” o mirar a través de algo?
Eso es interesante. Es verdad que en algunas piezas parece que estás espiando escenas, nunca me lo había planteado del todo así. Por ejemplo, algunos cuadros tienen elementos que parecen ventanitas o agujeros, lo que añade una dimensión diferente. Me interesa mucho el concepto de mirar dentro o fuera, y cómo los espectadores interactúan con esa idea. Quizá es una idea básica de la escultura, pero como acabo de empezar a salirme del plano bidimensional este es mi rollo ahora. También me gusta despistar un poco, jugar con las expectativas de quien lo ve. Como te decía antes, me encanta cuando algo me deja pensando o me obliga a detenerme a observar más. Es un juego entre la familiaridad y lo desconocido, y me interesa explorar esa mezcla en mis piezas.
Las instalaciones también tienen algo de voyeur. La presentación de las tazas que comentaba que hice con el Puesto Fiera, por ejemplo, era una sobremesa de un desayuno. Había una mesa larga y medianamente caótica. Platos usados, cercos de tazas de café, magdalenas abiertas, pero todo armoniosamente estudiado. Una de mis mejores amigas, que estuvo allí, me dijo que era muy incómodo para ella y creo que tiene que ver con todo eso de sentirte un poco espía, cuando en realidad es una escena súper inocente y cotidiana.
Varios de tus cómics se desarrollan en el mundo onírico de los personajes. ¿Los sueños te interesan como punto de partida para tus ideas?
Ahora ya no, aunque me sigue pareciendo algo muy interesante. Tengo un diario de sueños desde 2015. En la uni tuve una obsesión muy fuerte con eso, quería controlar los sueños y disfrutar esos momentos. Me decía: si consigo tener sueños lúcidos fuertes, puedo vivir casi en otro plano. Había una maestra de taller en grabado que decía que en sus sueños se encontraba con su novio, porque ambos tenían hijos y no siempre podían dormir juntos. Es una barbaridad, pero si eso es verdad, ¿para qué querrías estar vivo? Es peligroso, porque podrías acabar viviendo más felizmente en tus sueños que en la vida real.
Antes trabajaba con una lógica más mágica, casi lisérgica, como de tripi. Me llamaba mucho la atención la alteración sensorial. Había un libro de ciencia ficción que me marcó, “A Cabeza Descalza” de Brian W. Aldiss. Trataba sobre una guerra en la que, sobre las más grandes ciudades liberaban nubes de LSD y todo el mundo estaba colocado. Me llamaba mucho la atención la relación de estas alteraciones de la conciencia humana con nuestro uso de la conciencia en sí. Me interesaba la relación metafórica de estos viajes con nuestra manera de desarrollarnos. Y los límites de la percepción, de ir más allá de lo que conocemos visualmente.
Hablabas antes de tu interés por la comida y de una cuenta de IG bocadillos que has creado, Bocadillos Mari Tere ¿Qué te atrae de este tema?
La comida siempre me llama la atención, en todos sus formatos. Pero me llaman especialmente la atención los formatos visuales en los que comer en sí es lo menos importante. Me interesa cómo se consume visualmente, cómo se representa, y también cómo puede ser algo efímero, algo que se acaba. Por ejemplo, lo de los bocadillos empezó como algo friki, porque me fascinan y los como muchísimo.
En general, como ves, me llama mucho la atención lo sensorial. Por eso me interesa también lo de la comida. Eso sí, aunque la comida me interesa, en el ámbito artístico sigue siendo por su aspecto más conceptual, por cómo se consume y se transforma. Hace poco leí un texto sobre las capacidades transformadoras de la comida. Paralelamente leí “Cultura y Simulacro” de Jean Baudrillard, que mencionaba la idea de la religión y la iconoclastia, la idea de que representar algo mata el original, porque cuestiona su realidad. Todo esto me hizo empezar a pensar en la comida como elemento iconoclasta, pero siento que aún tengo que madurar estas ideas.
Aunque me encanta consumir imágenes de comida, me siento un poco rara compartiéndolas. Si te enseño mi lupita de Instagram, es todo comida. Pero siento que hay una responsabilidad tocha detrás, sobre todo cuando piensas en cosas como de dónde vienen los alimentos o las recetas. Por ejemplo, ves unos raviolis al horno en TikTok que quedan riquísimos, pero luego te preguntas: “¿Qué sentido tiene esto? ¿De dónde viene?”. Me gusta ser consciente de lo que hago, de los ingredientes, de las influencias. También me divierte mucho experimentar. Pero al principio, con los bocadillos, me vine muy arriba. Pensé en hacerme influencer, colaborar con bares, abrir una bocatería… Todo. Luego me calmé y decidí disfrutarlo, hacerlo por las risas y ver a dónde lleva. Casi siempre creo que el brote de turno va a convertirse en el pilar principal de mi vida así que es un proceso bastante natural montarme películas.
Todo lleva a algo. Aunque al principio lo hago por disfrute o experimentación, luego me doy cuenta de que se interconecta con otras cosas, ya sea con lo visual, lo efímero o incluso con conceptos más amplios como la apropiación cultural o el consumo de imágenes. Creo que ahí está lo interesante: dejar que las cosas fluyan y ver a dónde llevan.
¿Cómo se relaciona el concepto de “lo sucio” con tu obra? ¿Dirías que en tu trabajo hay una intención consciente de cuestionar o rechazar nociones tradicionales de belleza?
Lo sucio siempre me ha interesado. Antes era más literal: ensuciar la imagen, explorar la idea de la imagen fea o trabajar con conceptos contrarios a lo bello. Ahora tiene aún más sentido, porque cojo cosas de la basura, pero creo que les aporto algo nuevo. Me acuerdo de un cuadro que hice, el de la chica que parece que tiene mierda encima, pero en realidad es una veladura de agua sucia. En este caso es literal: lo sucio, lo opuesto a lo bonito.
Es una pregunta fuerte, la verdad, porque la belleza es algo que me obsesiona. Creo que en mi trabajo hay una reflexión constante sobre eso. Antes lo que hacía era más bonito, si te enseño mis dibujos de esa época verás que no tienen nada que ver con lo que hago ahora. Mi madre siempre me decía: "Hija, ¿por qué no haces algo bonito?" Porque ella veía que yo podía hacer algo “bonito”, me había visto hacerlo, y no entendía este plot twist.
Lo que hago tiene toda la intención estética que puedo ponerle, estética y belleza no van de la mano. Es interesante cómo nos relacionamos con lo feo hoy en día. Sin embargo, tampoco diría que lo que hago sea feo. Es el resultado de un ejercicio consciente de romper con lo bonito tradicional. Por ejemplo, los ojos de las chicas en mis dibujos, que tienen todo el globo blanco, nacieron de un error, pero me di cuenta de que perturbaban. Es una chica guapa, pelirroja, normativa, pero hay algo en ella que te incomoda. Ese contraste es intencional.
Así que, sí: es una forma de romper con lo bello. Buscar algo distinto. Mi madre, cuando habla de algo bonito, se refiere a un paisaje hiperrealista de un mar o un retrato fiel a la realidad. Algo que nuestras abuelas considerarían bonito. Para mí, la belleza está en explorar lo que nos incomoda, lo que rompe con esa idea tradicional de lo bello. Trabajar con lo sucio, lo perturbador, pero también con lo estético de otra forma. Encontrar una belleza que no encaje en lo que siempre hemos entendido como "bonito". Activar los sentidos un poquito, que estamos idiotas.
Entrevista por Whataboutvic. 17.03.2025







